ESCUDO FAMILIARProviene del latín palatium, aunque realmente la palabra se consolidó gracias a escritores como Emilia Pardo Bazán, Otero Pedrayo o Valle Inclán. Y es que en la literatura gallega del XIX la vida y decadencia de los pazos era un tema frecuente. El pazo (o los pazos) fueron convirtiéndose en la marca social y refugio de la clase hidalga, que retrató en sus novelas Otero Pedrayo a principios del siglo XX. También Emilia Pardo Bazán reflejó en la literatura la vida en los pazos, en su novela Los pazos de Ulloa, que fue también llevada al cine y a la televisión.

El pazo es un tipo de casa solariega tradicional gallega, de carácter señorial, normalmente situado en un entorno rural, antaño residencia de personas importantes de la comunidad, poseedora de signos heráldicos, de proporciones suntuosas y que presenta frecuentemente portón blasonado, capilla, palomar, hórreos y jardines que dejan constancia de su noble linaje. Fueron de importancia crucial en los siglos XVII a XIX, relacionados con la arquitectura rural y monástica y con el sistema de organización feudal, ya que constituían una especie de unidad de gestión local alrededor de los cuales transcurría la vida de los aldeanos.

Los gallegos han tenido sobre sus cabezas dos grandes pilares: la Iglesia y los Señores. La primera levantó monasterios y los segundos pazos. Hoy ambas tipologías constructivas deambulan y caracterizan el paisaje y constituyen un símbolo más de la particular arquitectura de Galicia.

Cruceiro

“En el mundo hay bellísimos palacios, pero los pazos solo los encontraremos en Galicia”.

Los pazos en Galicia se vinculan a la cultura popular, prueba de ello son las múltiples leyendas, cuentos y poesías que han convertido estas construcciones en las protagonistas de las villas rurales, dejándonos entrever el discurrir diario de la sociedad existente por aquel entonces, de una nobleza rural gallega con gran poder económico y social sobre las otras clases sociales.Su perspectiva histórica, su dimensión espacial y esa peculiaridad de permitir que la naturaleza penetre en su conjunto arquitectónico, lo que convierte a los pazos en el destino esperado, incluso para los amantes de los ambientes melancólicos y umbríos tan asociados al paisaje rural de las tierras gallegas.